Dicen que, al igual que sucede con los bostezos, la risa tiene los mismos efectos de “contagio” entre las personas. Son muchas las experiencias que confirman que se está en lo cierto.

¿Quién no ha estado cerca de un grupo de personas, ajeno a ellas, que tras la contada de cualquier chiste o anécdota y, sin haber escuchado los detalles del relato, se ha unido al grupo, ya sea con una sonrisa, unas risas o incluso con una carcajada?

Los estudiosos de la risa, gelotólogos, refieren y fundamentan el hecho, con que en esos momentos entran en funcionamiento en nuestro cerebro las neuronas llamadas “espejo”, que son la que tienen que ver con la empatía, o sea,  la capacidad del ser humano para ponerse en el lugar de sus semejantes.

Así funciona una sesión de risoterapia, provocando el contagio de la risa. Si bien comenzamos con sonrisas, risas forzadas y nada naturales, que no falsas,  logramos, durante el transcurso de la misma, desembocar en grandes, sonoras, muy sinceras y desternillantes carcajadas. Todo ello desde el máximo respeto, riéndonos con nosotros mismos, con los otros (risa constructiva) y no de nosotros, ni de los otros (risa destructiva).

En los talleres de risoterapia empleamos una metodología eminentemente práctica y participativa, utilizando una diversidad de juegos, dinámicas  y ejercicios que despiertan los sentidos, que desbloquean el cuerpo y la mente, consiguiendo la desinhibición de cada uno de los individuos participantes.

Si se te presenta la ocasión de acudir a un taller de la risa o risoterapia, no lo dudes, anímate, arriésgate…  ¡TE CONTAGIARÁS!

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